Ya en el siglo II se encuentran testimonios de que los cristianos rezaban y celebraban la Eucaristía por sus difuntos. Al principio, en el tercer día después de la sepultura, luego en el aniversario. Más tarde, el séptimo día y el trigésimo. En el año 998, el abad Odilón de Cluny (994-1048) hizo obligatoria la conmemoración de los difuntos, el 2 de noviembre, en todos los monasterios a él sometidos.

La liturgia propone varias Misas para este día, todas ellas orientadas a resaltar el misterio pascual, la victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte.

La voluntad de Dios

Encontramos aquí un mensaje revolucionario: quien «vea al Hijo y crea en Él tendrá vida eterna” y el Señor lo resucitará. Sabemos por experiencia que el cuerpo se descompone; pero el cuerpo no es todo el hombre. El hombre, como persona, es partícipe del diálogo con Dios, y Él no lo deja caer, no lo olvida, porque Dios es fiel a sus promesas.

Dios nos tiene escritos en la palma de su mano a todos nosotros y no se olvida de nadie, porque es Padre. Este es el centro del mensaje que nos dejó Jesús. Por esta verdad, Jesús se hizo hombre, murió en la cruz y resucitó: para hacernos partícipes de la alegría de la resurrección.

 

«A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo, concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz”, recitamos en el canon I de la Misa, en el momento del recuerdo de los difuntos.

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