Nuevo recuerdo guardado

La consagración de Colombia al Sagrado Corazón de Jesús (en la fiesta del Sagrado Corazón) es un acto de fe y de reparación: al Corazón de Cristo se encomienda a la nación entera para que reine en los corazones y, desde ahí, se consolide la paz, la justicia y la reconciliación.

En la Iglesia, la consagración no es solo un gesto devocional “privado”, sino una forma pública de reconocer que Cristo tiene soberanía sobre la vida personal y social.

Qué significa “consagrar” al Sagrado Corazón?.


La Iglesia enseña que una consagración al Sagrado Corazón es el acto por el cual las personas (y también comunidades, e incluso autoridades) se dedican al Corazón de Jesús, reconociendo que todo se recibe del amor eterno de Dios.

El movimiento juvenil de nuestra parroquia San Pablo, «Carlo Acutis» (Londres, 3 de mayo de 1991-Monza, 12 de octubre de 2006), en este marco de consagración y después de jornadas de formación, se consagraron en su compromiso de jóvenes con el carácter celebrativo de la fe y la vivencia de la fe ante Jesús y como testigos también ante la comunidad parroquial.

Además, esa consagración tiene una proyección espiritual y social:

De ella brota la afirmación: “Cristo debe reinar” y “Venga tu Reino”.

Se vincula con la verdadera libertad, la justicia social y la concordia, porque la paz no se sostiene sin el reconocimiento de la soberanía de Cristo dentro del marco de sus mandamientos.

El caso de Colombia: origen y renovación anual.

San Juan Pablo II nos recordó, en su visita, que hace más de un siglo (22 de junio de 1902) los obispos, las autoridades civiles y el pueblo de Colombia, movidos por amor y devoción, consagraron la República al Sagrado Corazón, prometiendo construir un santuario votivo “para pedir la paz”.

Desde entonces, esa consagración:

Se ha renovado cada año en parroquias, casas religiosas y en muchas familias, con confianza en el amor y la misericordia del Salvador.


Se vive en sintonía con la invitación evangélica que expresa el estilo del Corazón de Cristo: “Vengan a mí…” (Mt 11,28).
También se menciona que el Presidente de la República consagra cada año a Colombia al Sagrado Corazón, en reconocimiento de que la fe católica ha sido un elemento básico del orden social.

Por qué “en su fiesta”: el contenido espiritual del acto.


En su mensaje para la renovación centenaria, san Juan Pablo II conecta claramente el acto de consagración con el centro del Evangelio: el Corazón de Cristo es fuente de misericordia, perdón y amor; y enseña el camino de una vida nueva mediante la mansedumbre y humildad.

Esa misma consagración debe ser:

Una oración ferviente para que toda la sociedad colombiana actúe “con un corazón y un espíritu nuevos”.
Una ocasión para pedir a Dios paz y promover una conversión que tenga también consecuencias sociales, incluyendo una transformación profunda que comienza por la familia como “la más rica escuela de humanismo”.


Un impulso para rechazar toda forma de violencia y recorrer caminos concretos de justicia, reconciliación y perdón.
Concretamente, ante la falta de paz estable y la violencia que todavía causaba víctimas, san Juan Pablo II pide que este evento sea para todos—sacerdotes, religiosos y fieles laicos—una ocasión para lanzar un gran movimiento nacional de reconciliación y perdón.

Una devoción que sostiene la paz interior y exterior
En el marco del Apostolado de la Oración (en la conmemoración del centenario), Pío XII insiste en que el objetivo no es solo “calmar” el conflicto, sino construir una paz que:

Nace de la caridad y el amor.


Parte de la pacificación interior del alma con Dios y se apoya en la fraternidad y la concordia.
Encuentra su camino en la fidelidad a Cristo y en la oración y penitencia.


Por eso, en la tradición colombiana, la consagración al Corazón se une a la confianza en la intercesión de María bajo el título de Nuestra Señora de Chiquinquirá, Reina de Colombia.

Cómo participar en la consagración “en su fiesta” (espiritualmente y en la vida)
Sin necesidad de cambiar la liturgia local, la Iglesia sugiere—por el mismo sentido del acto—que la consagración se exprese con dos dimensiones inseparables:

Dimensión personal (corazón)
Acoger el Corazón de Cristo como escuela de humildad y mansedumbre, para recibir su estilo (misericordia y perdón).


Pedir una conversión personal que sea base de una “nueva creación” (no solo un deseo emocional, sino una vida renovada).
Dimensión social (obras)


Hacer que el acto se traduzca en compromisos reales: fortalecer la familia, promover justicia, y practicar reconciliación y perdón.


En contextos tensos, recibir la consagración como un llamado a rechazar la violencia y a construir unidad y fraternidad.

La consagración de Colombia al Sagrado Corazón en su fiesta es un acto nacional de fe que reconoce la soberanía de Cristo y pide que esa soberanía se manifieste en la paz verdadera: interior (con Dios) y exterior (entre las personas y en la sociedad), mediante conversión, reconciliación y justicia.

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