Vivir la devoción a la imagen del Niño de 20 de julio en Colombia (como toda devoción cristiana auténtica) significa que esa imagen sea un camino pedagógico hacia Cristo, que ordene la vida a la fe, la oración, la pureza del corazón y la caridad, y que además empuje a vivir en comunión con la Iglesia (sin reducir la devoción a “magia”, promesas o supersticiones).

Un principio clave: la devoción debe llevar a Jesús y vivirla en la Iglesia

Por analogía (y con mayor motivo cuando se trata del Niño Jesús en su imagen del “20 de Julio”): la devoción a la imagen debe tener como fruto claro que nosotros sacerdotes y nuestra comunidad parroquial de San Pablo, se acerquen más a Cristo, lo conozcan, lo amen y se dispongan a imitarlo.


Mirar la imagen con fe: contemplación que se convierte en petición y conversión.

En un texto dirigido a los colombianos, Pío XII invita a “miradla” y lee en los símbolos de la imagen un lenguaje espiritual: por ejemplo, habla de la “túnica rosada” como “ardor de su caridad” y del “Niño Divino… [como] nuestro Jesús amadísimo”, animando a permanecer con la mirada en ese camino.

Aplicado pastoralmente al Niño de 20 de julio:


No se trata solo de mirar estéticamente, sino de aprender a “leer” la imagen como llamada a virtudes: inocencia, sencillez, confianza filial, humildad, amor tierno y obediente a Dios.
La mirada culmina en petición y conversión concreta, no en prácticas vacías.
Oración “fuerte y eclesial”: que la devoción no compita con la liturgia.

Para que la devoción sea verdaderamente católica:


Integrarla con el año litúrgico y con la Misa  realizada en el Santuario de Nuestra Señora de Belén, la devoción crece cuando no desplaza la fuente: la Eucaristía.
Que incluya oración personal (breve, pero constante) y oración comunitaria (procesión, novena o encuentro de las CEM (Comunidades Eclesiales Misioneras).


Una referencia útil (en clave general mariana) es la insistencia de Pío XII en que los fieles vivan su piedad “desde lo más íntimo del santuario familiar hasta las más públicas expresiones” de la vida ciudadana.

Frutos sociales: la devoción debe formar paz, unidad y misericordia desde los niños y jóvenes que participaron.

Para el Niño de 20 de julio, la traducción práctica suele ser:

  • Reconciliación.
  • Caridad operativa (visitas, alimentos, acompañamiento a enfermos, apoyo a quien está en necesidad).
    Educación en la fe de niños y jóvenes (porque la devoción auténtica no es un “consuelo rápido”, sino formación).

Cómo evitar desviaciones: “devoción” no es superstición
Un criterio seguro para los equipos parroquiales:
Si lo que se busca es dinamizar la fe en Cristo, la conversión y la caridad, la devoción es sana.


Si se convierte en una lógica de “compra de suerte”, amuletos, exigencias a Dios como si fuera magia, o promesas sin moral, entonces hay que corregirla.
La clave católica es la orientación: Cristo primero y la vida sacramental como centro; la devoción es acompañamiento.

Viva la devoción del Niño de 20 de julio como contemplación que lleva a Cristo, como oración integrada en la vida litúrgica, y como fruto visible de paz, unidad y caridad, corrigiendo todo lo que se aparte del Evangelio y de la disciplina de la Iglesia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *