La celebración de las confirmaciones no es una ceremonia de graduación ni el cierre de la catequesis: es la recepción del don del Espíritu Santo y una nueva etapa de responsabilidad en la vida cristiana. Los confirmandos renuevan personalmente las promesas bautismales y, fortalecidos por el Espíritu, son llamados a dar testimonio de Cristo en la Iglesia y en el mundo.

El sentido de la celebración

Al renovar las promesas bautismales, los confirmandos expresan por sí mismos la fe que sus padres y padrinos profesaron por ellos en el Bautismo: renuncian al mal y profesan su fe en Dios. No se trata de confiar solo en la propia fuerza, sino de responder con libertad al don y a la gracia de Dios.

En la unción con el santo crisma, reciben el sello del Espíritu Santo. Ese don los fortalece para seguir a Cristo y los vincula más plenamente a la misión de la Iglesia.

Los compromisos de los confirmandos

Los compromisos no son una lista de obligaciones ajenas al sacramento; son la respuesta concreta al don recibido. Se expresan en:

  • Vivir la fe con coherencia, procurando que las decisiones, palabras y acciones reflejen el Evangelio.

  • Dar testimonio de Cristo, con la palabra y con la vida, también ante los amigos y en los ambientes cotidianos.

  • Participar activamente en la vida de la Iglesia, como miembros vivos del Cuerpo de Cristo, poniendo los dones recibidos al servicio de la comunidad.

  • Servir a los demás, especialmente mediante la caridad, siguiendo el ejemplo de Jesús, que vino a servir.

  • Cuidar la vida espiritual con la oración, la participación en la Eucaristía, la confesión frecuente y la resistencia al pecado.

Estos compromisos no significan que los confirmandos ya sean cristianos perfectos o que deban caminar solos.

La gracia sacramental los acompaña, y la familia, los padrinos y la comunidad tienen también la responsabilidad de sostenerlos en su crecimiento espiritual.

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