“Y Jesús les habló otra vez, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida“ (Jn 8, 12).

«En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios: “Haya luz”, y hubo luz.

Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la luz “día”, y a la oscuridad la llamó “noche”. Y atardeció y amaneció: día primero» (Gn 1, 1-5).

Este texto nos recuerda que Dios nos ha dado la luz para disipar las tinieblas que son símbolo del mal y de la muerte.

 

La luz es todo un símbolo de la vida, la alegría, la paz, la seguridad,… La luz es esencial para la vida y Jesús resucitado ha llenado de su luz resplandeciente el universo.

Dicha manifestación también es denominada La Fiesta de la Luz, de la candela, de ahí su nombre más popular: la Candelaria, y símbolo de que la luz es Cristo, como lo proclama Simeón. La fiesta es de origen oriental, por lo que sólo se celebraba en esa región del mundo cristiano hasta el siglo VI, a los 40 días de la Epifanía, el 15 de febrero, ya que en Oriente se fija el momento del nacimiento de Jesús el 6 de enero; a partir del siglo referido, en Occidente se conmemora el 2 de febrero, a 40 días de la Navidad, recordada en esta región el 25 de diciembre.

Cada año, en la Vigilia Pascual este texto del evangelio se actualiza: se enciende el Cirio Pascual, símbolo de Cristo resucitado y luz del mundo, y cada uno de los cristianos recibe esa luz encendiendo su propia vela y participa en una procesión caminando con los demás creyentes detrás del Cirio Pascual: “el que me sigue no camina en tinieblas…”.

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