La parábola evangélica despliega ante nuestra mirada la inmensidad de la viña del Señor y la multitud de personas, hombres y mujeres, que son llamadas por Él y enviadas para que tengan trabajo en ella. La viña es el mundo entero (cf. Mt 13, 38), que debe ser transformado según el designio divino en vista de la venida definitiva del Reino de Dios.






El amor; el que verdaderamente ama se da en la donación total de sí mismo con y desde nuestro propio ser. Esto implica superar nuestros propios instintos y conquistar así la propia plenitud como persona. El hombre es la única criatura que Dios ha amado por sí misma y no puede encontrar su propia plenitud sino en la entrega de sí mismo a los demás.

Las manos unidas y la mente puesta en la meta.




El Papa Francisco invita a que las parroquias, nuestra parroquia «San Pablo», estén animadas por un «espíritu misionero» que las convierta en «lugares de transmisión de la fe y testimonio de la caridad».



Al sentirme amado, soy capaz de dar vida a mis capacidades. Empujado por el amor del que me quiere, lograré ser quien soy. (“Por esto te quiero y necesito ser amado”). Eso es la solidaridad manifiesta en nuestros animadores de fe misioneros, catequistas, bautizados todos.

Para ayudarlas en ese trabajo, las manos unidas para la sensibilización, en los que se aúnan sus líneas de trabajo con su visión y sus valores, que nacen del Evangelio y se enmarcan en la Doctrina Social de la Iglesia mirada puesta en las acciones parroquiales.







