Vivir unas jornadas de misión en otra comunidad parroquial es una experiencia de comunión eclesial, servicio y evangelización. No se trata simplemente de trasladarse para realizar algunas actividades pastorales, sino de ponerse al servicio de una Iglesia local, compartir la fe y reconocer la presencia de Cristo en una comunidad con historia, necesidades, dones y desafíos propios.

La parroquia de Toledo es una comunidad concreta de fieles, en la que se aprende a vivir como discípulos del Señor mediante relaciones fraternas, diversidad de carismas y corresponsabilidad en la misión.

Por eso, quienes participan en una misión breve deben llegar con una actitud de humildad, escucha, respeto y disponibilidad, evitando presentarse como quienes vienen a “resolverlo todo” o a sustituir a los agentes pastorales locales.

Sentido eclesial de la experiencia.

La misión nace de la Eucaristía y conduce nuevamente a ella. La celebración eucarística fortalece la unidad de los corazones y envía a los discípulos a encontrarse con las personas en sus ambientes cotidianos o Comunidades Eclesiales Misioneras (CEM): hogares, calles, escuelas, veredas, hospitales y espacios comunitarios.

Por tanto, una misión parroquial corta debe tener como centro:

• La oración y la celebración de la Eucaristía.
• El anuncio explícito de Jesucristo.
• La cercanía con las familias y las personas alejadas.


• La escucha de las realidades de la comunidad.
• El servicio humilde y concreto.
• La integración con el proceso de evangelización PEIPE.

La misión no debe reducirse a actividades, visitas o reuniones. Su objetivo es favorecer un encuentro con Cristo y ayudar a que la comunidad descubra que la parroquia no está centrada en sí misma, sino orientada al anuncio del Evangelio y al servicio de la sociedad.

Actitudes fundamentales del misionero:

• Escuchar antes de actuar.

Antes de organizar actividades, conviene escuchar al párroco, al EPAP, a los líderes comunitarios y a las familias. Es necesario conocer la realidad social, cultural y religiosa del lugar, así como los procesos que ya existen.

La misión será más fecunda cuando se inserte en la vida real de la comunidad y no cuando imponga métodos externos sin discernimiento.

• Servir en comunión.

La misión debe realizarse bajo la guía del párroco el presbítero José Pascual Mora Rincón y en coordinación con los agentes pastorales locales. En una Iglesia sinodal, las comunidades envían a sus miembros y también los sostienen espiritualmente, reconociendo que la misión es una acción eclesial y no solamente una iniciativa personal.

Por ello, los misioneros deben:

• Respetar las orientaciones del párroco.
• Trabajar unidos a los agentes locales.
• Evitar protagonismos personales.


• Valorar los carismas y capacidades de la comunidad.
• Favorecer la continuidad pastoral después de la misión.
• Anunciar a Jesucristo.

El centro de la misión no es el misionero, ni el programa, ni la actividad social, sino Jesucristo muerto y resucitado, fuente de esperanza y salvación. La evangelización constituye la misión esencial de la Iglesia, y la sinodalidad está al servicio de ella.

Oración comunitaria y envío.

Después de la misión

Una misión breve no termina cuando el equipo regresa a su parroquia de origen. Debe dejar caminos abiertos.

Quien participa en estas jornadas debe ir no solamente a hacer algo por otra parroquia, sino a caminar con ella. La comunidad que recibe también evangeliza a los misioneros mediante su testimonio, su historia, sus sufrimientos, su fe y sus esperanzas.

No vamos como visitantes que realizan una actividad, sino como hermanos enviados por la Iglesia para escuchar, servir, anunciar a Cristo y caminar con una comunidad concreta.

Gracias parroquia san Luis de Toledo

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