Ningún tipo de predicación exige más del predicador que la homilía de un funeral. En nuestra parroquia de «San Pablo» en estos últimos días han doblado las campanas muy seguido y el rostro de los que se van golpea el corazón de los que como paisanos empiezan a hacer historia de él o de ella.

Exige del predicador que interiormente esté cercano, que ofrezca el consuelo objetivo de una participación verdaderamente humana.

No con un sentimentalismo o con una emoción fácil que aumenta la intensidad de los sentimientos superficiales, sino con la cercanía que da el aceptar nuestra realidad. Esta cercanía le da la capacidad de encontrar la palabra adecuada y el tono auténtico.

El ser humano se hace muchas preguntas ante la muerte y quisiera tener alguna respuesta. La homilía de un funeral tiene como objetivo colocar la vida del difunto y el dolor de los familiares y amigos bajo la cruz de Cristo como signo de la victoria sobre la muerte.

El duelo se puede hacer canción palabras poesías y el Saxofón de un maestro de Salazar Alfonso Rojas acompañó este momento del «Lucernario».

La predicación en el funeral no puede reducirse a una colección de vaguedades e ideas generales de tipo cliché. Tiene que actualizar interiormente lo que esa muerte supone para los familiares. Existe el peligro de exponer teóricamente verdades objetivas y dar, por ejemplo, una clase de teología sobre los novísimos a un público heterogéneo.

Hace surgir la sospecha de que el sacerdote no tiene nada que decir en estos momentos para la vida de sus oyentes y se defiende y se refugia en las altas torres de la especulación teológica. Es un faltarle a la misma «Palabra de Dios».

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