Gracias a la divina Revelación y, en particular, «en los Libros Sagrados, el Padre, que está en el
cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos.» De esta forma, «Dios se nos da a conocer como misterio de amor infinito en el que el Padre expresa desde la eternidad su
Palabra en el Espíritu Santo.

Por eso, el Verbo, que desde el principio está junto a Dios y es Dios, nos revela al mismo Dios en el diálogo de amor de las Personas divinas y nos invita a participar en él.»

Esta invitación que el Señor Jesucristo hace está abierta a toda la humanidad y la Iglesia no tiene
«prioridad más grande» que la de «comunicar la alegría que se produce en el encuentro con la
Persona de Cristo,

Palabra de Dios presente en medio de nosotros…» para «abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante (cf. Jn 10,10).»

Por este motivo, el ser humano real y concreto sólo encuentra plenitud cuando entra, por la gracia que viene de la fe y por la fe que viene de la evangelización, en este diálogo trinitario amoroso, que lo constituye como persona y lo llama a sus más elevadas posibilidades.

Él determinó crearnos, darnos la vida y hacernos capaces de conversar con Él por puro amor.

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