En el catecismo de la Iglesia Católica, el 1690 nos dice: El adiós («a Dios») al difunto es «su recomendación a Dios» por la Iglesia. Es el «último adiós […] por el que la comunidad cristiana despide a uno de sus miembros antes que su cuerpo sea llevado a su sepulcro» (cf. Ritual de exequias, Prenotandos, 10). La tradición bizantina lo expresa con el beso de adiós al difunto:



Con este saludo final «se canta por su partida de esta vida y por su separación, pero también porque existe una comunión y una reunión. En efecto, una vez muertos no estamos en absoluto separados unos de otros, pues todos recorremos el mismo camino y nos volveremos a encontrar en un mismo lugar. No nos separaremos jamás, porque vivimos para Cristo y ahora estamos unidos a Cristo, yendo hacia Él […] estaremos todos juntos en Cristo» (San Simeón de Tesalónica, De ordine sepulturae, 367).
Cuidar este lugar dedicado a la custodia de los cuerpos de files difuntos y otros hermanos en obligación de cariño.