La pastoral de la salud fortalece profundamente la misión del sacerdote porque lo conduce a vivir y ejercer de manera integral las tres funciones propias de su ministerio: enseñar, santificar y gobernar. No es una actividad secundaria ni simplemente asistencial; es una forma privilegiada de hacer presente a Cristo, Buen Samaritano, en el sufrimiento humano.

Hace visible a Cristo Pastor.

El sacerdote está llamado a anunciar a Jesucristo y a comunicar su gracia, especialmente mediante la Palabra y los sacramentos. En la persona enferma encuentra, además, una ocasión concreta para hacer visible el rostro misericordioso del Señor. La pastoral de la salud prolonga en el tiempo la acción de Cristo, que “pasó haciendo el bien y curando” a los enfermos.

Por eso, la visita al enfermo no debe reducirse a una conversación cordial o a una asistencia ocasional. Cuando el sacerdote escucha, acompaña, ora y celebra los sacramentos, manifiesta que Dios no abandona al ser humano en la fragilidad, la enfermedad ni la proximidad de la muerte.

Fortalece su ministerio de enseñar.

La enfermedad suscita preguntas decisivas: ¿por qué sufrir?, ¿qué sentido tiene la vida cuando se pierde la salud?, ¿cómo afrontar la muerte?, ¿por qué seguir viviendo cuando la persona se siente inútil o dependiente?

Benedicto XVI señala que la pastoral de los enfermos debe confrontar precisamente estas cuestiones, especialmente ante una mentalidad social que tiende a considerar al que sufre como una carga.

En este contexto, el sacerdote ejerce un importante servicio de evangelización:

anuncia que la dignidad de la persona no depende de su productividad ni de su estado de salud;
ilumina el sufrimiento desde la muerte y resurrección de Cristo;
anuncia el valor inviolable de la vida en todas sus etapas;
ayuda a distinguir entre la legítima atención paliativa y la eutanasia;
acompaña a la familia en sus decisiones y responsabilidades;
proclama la esperanza cristiana ante la muerte.

La fe no presenta la enfermedad como un bien en sí mismo, ni elimina la obligación de buscar cuidados médicos adecuados. Pero enseña que, unidos a Cristo, incluso el sufrimiento y la muerte pueden ser vividos dentro de un horizonte de redención y esperanza.
En Cristo crucificado y resucitado, la persona puede descubrir que ninguna prueba, ni siquiera la muerte, tiene poder para separarla del amor de Dios.
Profundiza su ministerio de santificar.

La pastoral de la salud permite al sacerdote ejercer de modo particularmente significativo su ministerio sacramental. El enfermo necesita ser sostenido por:
la Reconciliación, cuando desea recibir el perdón y la paz de Cristo;

la Unción de los enfermos, que comunica fortaleza, consuelo y gracia en la enfermedad grave o en la ancianidad;
la Sagrada Comunión, especialmente como Viático cuando se aproxima el paso de esta vida a la vida eterna;
la oración de la Iglesia y la escucha de la Palabra de Dios.
Benedicto XVI afirma que, en los momentos más difíciles de la enfermedad, el cuidado pastoral debe ayudar al paciente a encontrar fuerza en la oración y en el consuelo de los sacramentos, rodeándolo de hermanos capaces de escuchar y compartir su situación.

Así, el sacerdote comprende cada vez más que los sacramentos no son actos aislados ni trámites religiosos. Son encuentros con Cristo que sanan, fortalecen, reconcilian y preparan para vivir cristianamente cada etapa de la existencia. La pastoral de la salud lo ayuda a celebrar con mayor fe, reverencia y sentido pastoral.
Lo configura con los sentimientos de Cristo.

El contacto con los enfermos purifica el corazón sacerdotal. Frente a la vulnerabilidad, la dependencia y el dolor, el sacerdote aprende a ejercer un ministerio menos centrado en la administración y más marcado por la compasión, la paciencia y la cercanía.
Juan Pablo II subraya que el servicio a los que sufren adquiere sentido y eficacia cuando refleja los rasgos del “Samaritano divino de las almas y de los cuerpos”. También enseña que la fecundidad de la Iglesia no depende principalmente de la eficiencia de sus obras, sino de la autenticidad de la entrega a Cristo crucificado.

Esto es decisivo para el sacerdote. La pastoral de la salud le recuerda que su fecundidad no se mide solamente por el número de actividades, reuniones o sacramentos celebrados, sino por la calidad evangélica de su presencia. A veces una visita silenciosa, una escucha atenta o una oración junto a una cama expresan más claramente el amor de Cristo que muchos discursos.
Fortalece la dimensión comunitaria de su ministerio.

El sacerdote no actúa como un profesional aislado, sino como pastor de una comunidad. La parroquia es una comunidad estable de fieles confiada al cuidado pastoral del párroco; este participa en la misión de Cristo ejerciendo las funciones de enseñar, santificar y regir, con la cooperación de otros presbíteros, diáconos y fieles laicos.

La pastoral de la salud hace visible esta naturaleza comunitaria de la Iglesia. El enfermo no debe sentirse separado de la comunidad parroquial. Por ello, el sacerdote está llamado a:
integrar ministros extraordinarios de la Comunión y visitadores de enfermos;
formar equipos de pastoral de la salud;
coordinar la acción con familiares, médicos, enfermeros y agentes sociales;

promover la oración comunitaria por los enfermos;
vincular a los enfermos con la vida litúrgica de la parroquia;
reconocer que también los enfermos evangelizan mediante su testimonio de fe, paciencia y esperanza.
La corresponsabilidad de los laicos no disminuye la misión del sacerdote. Al contrario, le permite ejercerla mejor: él discierne, forma, acompaña, coordina y garantiza la integración eclesial y sacramental de la pastoral. La parroquia, entendida como comunidad de fieles, realiza su misión mediante la participación orgánica de todos bajo la guía del pastor.

Lo lleva a las periferias existenciales
Muchos enfermos no pueden participar ordinariamente en la Eucaristía ni en las actividades parroquiales. La pastoral de la salud impulsa al sacerdote a salir del templo y acercarse a:
los enfermos postrados en sus hogares;
los ancianos que viven solos;
las personas con discapacidad;
quienes padecen enfermedades mentales;
los enfermos terminales;
las familias agotadas por el cuidado;
los pacientes hospitalizados;
quienes viven en zonas rurales o de difícil acceso;
las personas que atraviesan duelos, adicciones o sufrimientos espirituales.

De este modo, la pastoral de la salud tiene una fuerte dimensión misionera. El sacerdote no espera únicamente que las personas lleguen a la parroquia; lleva la presencia de Cristo hasta los lugares donde la fragilidad humana clama por consuelo, verdad y esperanza. Esta presencia debe ser respetuosa y prudente, sin imponer, pero ofreciendo con claridad el Evangelio y los sacramentos a quienes los solicitan o están adecuadamente dispuestos.
Renueva la opción por los más vulnerables.

La enfermedad revela con particular intensidad las desigualdades sociales. No todos tienen acceso a médicos, medicamentos, cuidados paliativos, transporte o acompañamiento familiar. Por ello, la pastoral de la salud fortalece en el sacerdote la sensibilidad hacia los pobres y excluidos.
Juan Pablo II exhorta a dar prioridad a los enfermos más abandonados y a colaborar con los laicos para responder a las nuevas y antiguas formas de pobreza y enfermedad.

Esta dimensión exige que el sacerdote no se limite a la atención sacramental, aunque esta sea esencial. También debe promover una pastoral que articule la acción evangelizadora con la caridad: orientar a las familias, activar redes de ayuda, acompañar trámites cuando sea necesario, denunciar situaciones de abandono y suscitar una cultura parroquial de cuidado.
Ayuda al sacerdote a vivir su propia humanidad
El acompañamiento de los enfermos también transforma al sacerdote. Le enseña a reconocer sus propios límites, a aceptar que no puede resolver todos los problemas y a confiar más profundamente en la gracia de Dios. Asimismo, lo hace más cercano a las experiencias reales de las familias: el miedo, el cansancio, la incertidumbre, la culpa, la esperanza y el duelo.




