Los católicos creemos que en la Pascua, Jesucristo resucitó en cuerpo y alma del sepulcro como vencedor glorioso sobre el pecado y la muerte.
El triunfo de Cristo también es una promesa entrañable y nos confirma que los cuerpos de todos aquellos que estuvieron unidos a Cristo en esta vida, a través de la regeneración sacramental, algún día tomarán su lugar junto a Él, cuando regrese trayendo un cielo y una tierra nuevos.
La muerte, inevitablemente, trae consigo una tristeza profunda ya que nos aparta de nuestros seres queridos, pero cuando andamos junto a Cristo, también es una experiencia llena de esperanza. Su Iglesia comprende la muerte y conoce la resurrección.
Desde siglos atrás, los ritos de la Iglesia acompañan a nuestros seres queridos hacia el otro mundo y constituyen una promesa de esperanza para quienes esperamos el encuentro con el misterio de la muerte.


El centro de las oraciones de la Iglesia para los difuntos es la celebración de la misa funeraria. Aquí, el cuerpo del fallecido es traído a la iglesia, en donde la celebración de la Eucaristía se hace de ordinario Capilla de perpetuo Socorro, capilla de Nuestra Señora de Belén y Templo San Pablo, revela la presencia de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
Al igual que fue recibido en la familia de Cristo a través del bautizo y alimentado en la Iglesia con los sacramentos, ahora el cuerpo del difunto se trae a la iglesia por última vez, mientras la Iglesia ora por el regalo de la vida eterna.


En circunstancias especiales, un funeral también puede celebrarse fuera de la misa.
Los católicos creemos que el cuerpo es sagrado: es la sustancia física de una persona que resucitará el último día, cuando Cristo regrese trayendo un cielo y tierra nuevos. Por esta razón, durante el Rito de la sepultura, la Iglesia encomienda el cuerpo del difunto a la tierra, para que lo guarde hasta el día de la resurrección.









