Queridos hermanos: Nos reunimos para hacer memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén que da inicio a las celebraciones anuales de la Pasión, muerte y resurrección de Cristo en las puertas de entrada a nuestra población de Salazar de las Palmas, con los grupos apostólicos de la parroquia, los fieles y peregrinos de esperanza.
El Señor llama a nuestras puertas en medio de esta crisis de valores para traernos paz y salvación a nuestras vidas. Cristo, movido de compasión hacia la humanidad, aceptó el camino de la cruz para traernos vida eterna.




Celebremos con gozo este día y pidamos al Señor que nos haga compartir, en estos días, sus mismos sentimientos de amor, de perdón y de misericordia. Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados.



Debido a las dos caras que tiene este día, se denomina “Domingo de Ramos” (cara victoriosa) o “Domingo de Pasión” (cara dolorosa). Por esta razón, el Domingo de Ramos -pregón del misterio pascual- comprende dos momentos en la celebración: la procesión de ramos y la eucaristía.





A la procesión sigue inmediatamente la eucaristía. Del aspecto glorioso de los ramos pasamos al doloroso de la Pasión.
Esta transición no se reduce sólo del modo histórico en que transcurrieron los hechos, son porque el triunfo de Jesús en el Domingo de Ramos es signo de su triunfo definitivo. Los ramos nos muestran que Jesús va a sufrir, pero como vencedor; va a morir, más para resucitar. En resumen, el Domingo de Ramos es inauguración de la Pascua, o paso de las tinieblas a la luz, de la humillación a la gloria, del pecado a la gracia y de la muerte a la vida.



En el Domingo de Ramos, la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística forman una única celebración de la Pasión del Señor.
En efecto, éste es el único Domingo del año en que se celebra el misterio de la muerte del Señor con la proclamación del relato de la Pasión.









