La misión específica del catequista en Catechesi Tradendae consiste en hacer que la fe de la Iglesia crezca y se madure en la persona, mediante una transmisión fiel y vital de la enseñanza y la vida de Jesucristo, dentro de la obra evangelizadora de la Iglesia y como instrumento dócil del Espíritu Santo.

Transmitir a Cristo, no “ideas propias”
Para Juan Pablo II, la catequesis tiene una finalidad profundamente cristocéntrica: el catequista no comunica “su” doctrina ni la de un maestro humano, sino la enseñanza de Jesucristo, que es la Verdad que Él comunica y, “más precisamente, la Verdad que Él es”.

En consecuencia, el catequista debe esforzarse por que su enseñanza y su comportamiento transmitan la enseñanza y la vida de Jesús, evitando dirigir hacia sí mismo la atención del corazón y la mente, o intentar “inculcar” opiniones personales como si fueran la doctrina de Cristo.
Ser “mecanismo” de la Iglesia en el proceso de evangelización.
Catechesi Tradendae enseña que la catequesis no se separa de la misión pastoral y misionera de la Iglesia, aunque tenga un carácter específico.
Dentro del proceso de evangelización, la catequesis ocupa un momento particular: su “específico” objetivo es desarrollar una fe inicial y llevarla a la plenitud, nutriendo día a día la vida cristiana.
Por eso, el catequista participa en una etapa de “maduración”: la persona, tras aceptar por la fe la persona de Jesucristo y adherirse a Él con conversión del corazón, se esfuerza por conocer mejor a Jesús, su “misterio”, el Reino anunciado, las exigencias y promesas del Evangelio, y los caminos para seguirlo.
Cuidar la integridad del contenido: el “depósito de la fe”
La misión del catequista incluye una obligación de fidelidad objetiva al contenido: no puede seleccionar por iniciativa propia qué considera importante o no, “como para enseñar lo uno y rechazar lo otro” dentro del depósito de la fe.
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Esto implica que la catequesis debe dar “su pleno lugar” a los núcleos esenciales del anuncio: creación y pecado, el plan de redención, la Encarnación, María y su papel en la salvación, el misterio del mal, la necesidad de penitencia, las acciones sacramentales y litúrgicas, la realidad de la presencia eucarística, la participación en la vida divina, otros.
Actuar como instrumento dócil del Espíritu Santo
La eficacia y el sentido último de la catequesis no dependen solo de técnicas: Catechesi Tradendae enseña que la catequesis es “consecuentemente una obra del Espíritu Santo”, y que el catequista (en la misión de la Iglesia) debe ser un instrumento vivo y dócil de ese Espíritu.
El documento subraya que hay que estar en comunión con el Espíritu, invocándolo constantemente y procurando conocer sus inspiraciones auténticas.

Además, el Espíritu no solo “enseña por dentro”, sino que transforma a los discípulos en testigos de Cristo.
Colaboración eclesial: responsabilidad compartida (según el propio cargo)
El catequista tiene su misión dentro de una responsabilidad común de toda la Iglesia, pero con responsabilidades diferenciadas.

En particular, el documento anima y agradece el papel de los laicos que enseñan catequesis en parroquias y otros ámbitos, destacando que su trabajo es “a menudo humilde y oculto” pero realizado con “celo generoso”, y que es una forma eminente del apostolado de los laicos.
Igualmente, el documento recuerda que la catequesis debe coordinarse y sostenerse a través de la misión propia de los obispos, el párroco y vicarios parroquiales, a quienes atribuye una responsabilidad “primariamente” sobre la catequesis en sus Iglesias particulares (con organización, personal y medios adecuados).
Cuidar el lenguaje teológico: evitar “incertidumbres” que desorienten
Una parte práctica de la misión del catequista es discernir con prudencia el uso de investigaciones teológicas y exegéticas. El documento advierte el peligro de que, por perturbaciones en el campo teológico, se produzca una inestabilidad al pasar a la catequesis; por eso:
los catequistas deben tener la sabiduría para escoger dentro del trabajo teológico lo que “proporciona luz” para su reflexión y enseñanza, a la luz del Magisterio;
deben rechazar “planteamientos” que confundan a niños y jóvenes con “teorías extrañas”, discusiones inútiles o debates improductivos.
En términos simples, según Catechesi Tradendae, el catequista está llamado a:
